Nos colocamos en una posición que nos resulte cómoda, sentados en el suelo sobre un sofá o un cojín, con las piernas cruzadas, la espalda recta y la nuca erguida, y las rodillas apoyadas en el suelo para que todo nuestro cuerpo se mantenga en una posición lo más estable y sólida posible, como si fuéramos una montaña.
Revisamos la posición, balanceando levemente nuestro cuerpo hasta que sintamos que estamos cómodamente asentados sobre la tierra. En esta posición, vamos a pasar un escáner de luz azul brillante desde la cabeza hasta los pies para disolver todas las tensiones que se hayan podido acumular a medida que pasa la luz. Para ello, mantendrás tan solo la tensión mínima necesaria para mantener la posición.
Comenzamos desde la cabeza y pasamos el escáner de luz azul por la frente, los ojos, la nariz, las mejillas y orejas, por la boca. Seguimos por la mandíbula, el cuello, los hombros, el pecho, el abdomen, los brazos y las manos, la cadera, los muslos, rodillas, pantorrillas y pies. Nos sentimos más y más relajados, perfectamente estables, serenos y firmemente enraizados con la tierra. Puedes enfocar ahora tu atención en la respiración: inspiración, expiración, inspiración, expiración. Siente cómo el aire entra y sale de tu cuerpo.
Y ahora, con la respiración de telón de fondo, vas a centrar tu atención en visualizar la montaña más maravillosa que conozcas, ya sea por haberla visitado o por haberla visto en alguna imagen. Puede ser una montaña sagrada para algunas tradiciones, o puede ser la preciosa montaña por la que anduviste en tu último paseo por el campo. No importa. Focaliza bien tu atención en esa montaña, en tu montaña, y obsérvala con curiosidad y admiración.
Observarás detenidamente su majestuosidad, sus picos escarpados o redondeados, sus laderas, ya sean suaves o irregulares. Seguramente está llena de vegetación o tal vez tenga algún claro o zona árida. ¿Qué tipo de vegetación tiene? Observa lo estable, lo sólido, lo hermosa que es, tanto de lejos como de cerca.
Advierte cómo está firmemente asentada sobre la tierra, enraizada sobre la corteza terrestre, incólume, segura, invariable. Más allá de los distintos cambios que pueda tener o sufrir. Es posible que, si tu montaña es muy alta, la nieve cubra su cumbre. Tal vez haya algún riachuelo que resbale por sus laderas o las aves planeen a su lado.
Observala sin cambiar nada, desde tu posición, respira atentamente con la imagen de tu montaña bien clara. Cuando veas que estás realmente conectado con la imagen de tu montaña, ves caminando hacia ella, acercándote a su base hasta llegar a fusionarte con ella. Ves haciéndote uno con ella, fundiéndote con la montaña. Respira. Deja que su majestuosa imagen crezca dentro de ti hasta que tú mismo te sientas la montaña.
Tu cabeza es la cumbre, tus brazos que caen a lo largo del cuerpo, reposando relajadamente sobre las piernas o en el regazo, son las laderas, y tus nalgas y rodillas son su base. Tu propio peso se establece firme y serenamente sobre la tierra. Experimenta las sensaciones que te provoca el saberte montaña, entre la tierra y el cielo. Siente la estabilidad, experimenta la seguridad, la inmovilidad serena. observa qué sensaciones te provoca a la altura de tu montaña, cuya cumbre se eleva hacia el cielo.
Observa cómo el sol acaricia tus laderas y cómo va creando sus juegos de luces y sombras a medida que atraviesa el horizonte, haciendo que cada instante el paisaje asuma tonalidades diferentes.
Siente también cómo, al caer la noche, la silueta de tu montaña se recorta en un horizonte estrellado, tal vez con la enigmática luna asomando por tus laderas. Date cuenta de que más allá de los cambios, el día y la noche, el calor y el frío, las luces o las sombras, la montaña permanece incólume, inmutable, sólida, majestuosa. Respira estas cualidades.
El tiempo también pasa por ella. La vegetación cambia con cada estación, los animales que la habitan entran en hibernación y letargo, o se despiertan al salir del invierno. Hay días en donde el viento arrecia fuertemente, embistiendo algunas de sus laderas, atentando contra la estabilidad de los árboles, y a veces, las suaves brisas acarician las ramas y los matorrales. Y sin embargo, la montaña permanece estable, inmóvil, más allá de todos los cambios, como tú, permanente en medio de toda la impermanencia, estable en medio de todo el cambio.
En nuestra montaña, cada día es diferente al anterior. Algunos días están nublados, en otros, el sol abrasador quema la tierra. Ciertos días, la lluvia azota con fuerza, tempestuosa, mientras los truenos y relámpagos intentan asustar a la misma montaña. Mientras que en muchos otros, la dulce lluvia refresca y alimenta la tierra, haciendo que esta pueda exhalar sus aromas de salud, de polen y de flores. Mientras tanto, la montaña asiste con imparcialidad proverbial a la contemplación de todos los cambios.
Y ahora te invito a que observes cómo, de igual manera que la montaña, también tú puedes permanecer estable y sereno en medio de todos los cambios de la vida, más allá de las etapas de la existencia que se suceden como las estaciones, más allá de los embates del destino, de las tormentas emocionales o de los días soleados y apacibles, más allá de las luces o de las sombras.
Tú puedes permanecer en paz y ecuanimidad, respirando la fortaleza y estabilidad de la montaña. Siente en tu interior su imponente majestuosidad, su solidez, su altura. Respira el aire de las altas cumbres y tómate el tiempo necesario para prepararte en llevar este estado de serenidad y ecuanimidad a lo largo del día.
Recuerda que solo de ti depende hacer de este día un día perfecto.



